Siete días.
Siete días. Siete. Siete. Siete días. Mientras pasan, me he abierto una botella de Viña Esmeralda para que vaya cayendo, con delicia, noche a noche. Difusamente, me vienen a la cabeza los planes europeístas de aumento de la jornada laboral en estos tiempos de ganado famélico. Y me pregunto a qué están jugando.
Y me pregunto, también, cuál es mi juego. Si vale la pena anularse la vida por una guerra que no es tuya. Por aspirar, con suerte, a dejar huellas como esta –y no es peloteo, señor Alcancero-. Por tener, una vez cada ciento, una entrevista de media hora con Eduardo Galeano y comprobar que sostienes el tipo, con rodillas temblonas. Por aprender de psicología humana -que será deprimente, sí, pero también fascinante-.
Así, cuesta renunciar a todo eso.
Pero mientras, mi vida pasa, y no me doy cuenta. Y transcurren semanas en las que sigo rutinas de animal –ducha, trabajar, comer, dormir, ducha, cortar uñas pies, limpiar, Carrefour, comer, trabajar-. Y me pregunto cuándo podré calzarme alguna excursión rústica, o si podré tener críos que no terminen hablando con acento ecuatoriano, y si podré tener una casa normal, como la gente, con dos habitaciones, o si tendré tiempo, en realidad, para profundizar en cosas en las que me encantaría zambullirme –en todos esos mundos a los que de tanto en tanto me asomo, en alguna que otra asignatura pendiente-.
(‘Y además, lo quiero todo –que decía la Cabra-: amor, hijos, aventura, intimidad, trabajo’)
La otra noche salí a andar a paso de excursión. Llegué a casa una hora después, como si me hubiera pegado una ducha de agua fría.
Increíblemente, correr se suma a esa rutina de necesidades homeostáticas.
Forrest Gump era un incomprendido.
Salta, gata, salta.
1. Odisea, Homero
Pequeña Trinidad una niña petarda amante de las aventuras de Ulises 31 y Thaïs y Telémaco. Fascinada por las historias de Cronos, el dios del tiempo, y de la sabia bruja Circe, pequeña Trinidad insistió en pedir numerosos libros de Mitología ilustrada para niños en la que se explicaban cosas como el canto de las sirenas o el vuelo fallido de Icaro. '¿Así que te gusta la Mitología, pequeña Trinicilla?, dijo mi padre, paladeando su próxima fechoría. 'Pues papá te va a regalar un libro que te gustará mucho muchísimo'. Y me regaló la Odisea. A pelo. Sin ilustraciones. Sin para niños. Y yo me la calzé, con nueve años, sin entender por supuesto absolutamente nada y aburriéndome como una ostra.
Volví a la Odisea con 19 ó 20 años y me emocionó. He vuelto a ella, desde entonces, en varias ocasiones. Y sigue resultándome sobrecogedora hasta el punto de que muchas veces dejo el libro a un lado, abrumada. Da puñetazos emocionales y visuales. Al in media res, a la mezquina humanidad de Ulises, a la riqueza simbólica, a los sorprendentes gritos de existencialismo -Aquiles asegurando que la muerte es la nada y el mismo Ulises proclamando que no es más que nadie-, se suman esa tremenda plasticidad cardíaca. Las esponjas de mil ojos, las almas ahítas de sangre.
2. Mujercitas, Luise May Alcott
Como ya expliqué aquí, fue un título inevitable y transcendental durante gran parte de mi infancia y temprana adolescencia. Una moña es una moña es una moña es una moña. Como tantas otras, Jo era yo.
3. La historia interminable, Michel Ende
Y también era Bastián Baltasar Bax, transportado a mundos increíbles mientras se escondía en el desván del colegio. La fantasía –aprendí entonces- puede ser, en efecto, más real que la propia realidad. Y será intangible, pero es capaz de alimentarte y darte aliento.
4. Jane Eyre, Charlotte Brontë
También hemos hablado aquí de ello. Fue mi primera historia romántica y mi primer contacto con un héroe byroniano. La novela mezcla elementos de tragedia dickensiana, atracción imposible, los inevitables brumas y páramos, inquietante sentido de lo transcendente –referencias a hadas y espíritus, fantasmas, esposa loca- y redención a través del amor. Estaba hecha para mí.
5. La diosa blanca, Robert Graves
Perversísimo estudio sobre la influencia de la diosa madre en las tradiciones y creencias occidentales. Es brutal, desmesurado y, a veces, imposible. Es como escuchar la teoría de un profesor chiflado con la inquietante sensación de que, en el fondo, el pirado va a tener razón y todo.
6. Camelot, T.H. White
Son cuatro libros en uno –La espada en la piedra, La reina del aire y las tinieblas, El caballero mal hecho y El rey pasado y futuro-. Cada uno de ellos, recrea un aspecto de la tradición artúrica: la infancia de Arturo-Verruga y su descubrimiento como monarca; Morgause-Morgana y su tribu de hijos norteños y paganos, Lancelot –caballero maldito y mal hecho- y sus amores con la reina, y la desintegración de la Tabla Redonda. Para mí, lo tiene todo, para todos los públicos. Es profunda, divertida, tierna y desgarradora.
7. The bloody chamber, Angela Carter
La duda ha sido incluir aquí algunas de las recopilaciones de cuentos de Neil Gaiman. Pero, aunque la Carter es más tenebrosa, me he animado a citarla porque fue la primera que –que yo sepa- realizó lo que tanto me gusta: una vuelta de tuerca sangrienta y oscura sobre los cuentos tradicionales –o, más bien, un retorno a los auténticos fueros del folclore clásico-.
8. Las bodas de Cadmo y Harmonía, Alberto Calasso
Nunca he leído un ensayo igual, que explique los mitos griegos mezclando poesía y leyenda. Es una auténtica maravilla. Una canción de trescientas páginas –‘Pero, ¿y qué le ocurrió a Europa?’-. Uno aprende que el mito es mito porque tiene cien vidas: siempre igual y siempre diferente.
9. Seda, Alessandro Baricco
Una historia simple inmejorablemente contada. Me impactó porque, hasta entonces, yo desconocía que era posible relatar las cosas envueltas en semejante lirismo cadencioso. Baricco es, para mí, uno de los afortunados que se hizo con una clave del canto melusino.
10. Orgullo y prejuicio, Jane Austen
Por supuesto. Cualquiera que esté alejado de la realidad de Jane Austen la despreciara, prejuiciado con el cliché de “novelita menor y sentimentaloide”. No les culpo. El mismo Nabokov lo hizo. El mismo Nabokov tuvo que tragarse sus palabras. Si la han visto, he de decirles que los diálogos de la última adaptación no eran una versión libre de la novela, adaptada al público de este siglo: eran literales de la obra. Las radiografías que Austen hace de su entorno son de una brillantez cáustica. El hombre que te quiera –viene a decirnos- ha de querer a una mujer defectuosa y completa. No a un maniquí ni a una niñera.

Llevaba tiempo yo sin sumergirme en una de mis típicas orgías de autodestrucción. El otro día, como respondiendo a alguna extraña evidencia interna, me quemé. Me tiré el hervidor encima. O, más bien, me tiré su ardiente contenido.
La verdad es que no sé cómo fue. No lo recuerdo. Le cuento a la gente que fue trastabillando con la alfombrilla de la cocina o algo de esto pero, hasta lo que yo que sé, muy bien he podido tirarme el agua directamente en el pie, como el que riega un poto, en plan desestabilizadora película de terror japonesa.
Dado que la expresión: ‘Me he tirado encima el hervidor de agua caliente’ se basta por sí sola para provocar todo tipo de gestos de repulsión, me ahorraré algún que otro detalle. Sí diré que, al tercer día de cura, la ampolla estaba tan grande y lustrosa que provocó emocionados gritos de asombro en las enfermeras.
Como me habían dejado sola por mor de la causa periodística, seguí yendo a trabajar todos esos días –con las vendas, la cuñas y faldas largas a lo pija tarifeña. Arreglá, pero informal-. Hasta que decidieron explotarme la vejiga.
-¿Que estás yendo a qué? –grita Memorial, entre interferencias telefónicas.
-A trabajar. Yendo a trabajar.
-Mira Trini, te vas a buscar lo que no tienes. Como se te infecte, cosa bastante probable si sigues dando tumbos por ahí, te van a tener que hacer un injerto. Y no hace falta que te diga que es una operación dolorosa, que no siempre sale bien y lo mismo te tienen que rascar hasta el hueso.
Sí, alguien va a tener que tirarle de las orejas a este chico en mi reunión de Hipocondríacos Anónimos. Sobre todo, si tenemos en cuenta su efecto posterior: a la mañana siguiente, el pie me dolía tanto que no podía apoyarlo en el suelo, así que no vi mejor opción que coger un taxi y colarme en Urgencias. El médico salió después de –intuyo- una guardia de órdago.
-Es sólo una consulta –le digo-. Me quemé y me explotaron ayer la vejiga y hoy me duele tanto que no puedo apoyarme en el suelo, ¿es normal?
El hombre me mira como si fuera idiota profunda.
-¿Te has preguntado alguna vez –me suelta, sosteniéndose el puente de la nariz entre índice y pulgar como a punto de sinusitis- por qué quemaduras y tortura han estado siempre unidos desde los inicios de la historia? Pues sí, es porque duele. Y sí, es normal que te duela al apoyarte, es normal que te duela al acostarte, es normal que te duela el aire porque tienes la dermis fuera. Si fuera una mano, te diría que no la movieras. Como es el pie, mi consejo es que no andes. Pero no puedes hacer otra cosa: el dolor es para todo para ti, lo siento.
-¿Y puedo mojármelo en la ducha?
El médico emite, sin abrir los labios, un risita socarrona.
-Poder, poder… Como te decía –prosigue- te va a molestar el agua fría, el agua caliente… Pero vamos, si quieres te duchas y te secas con la toalla, que te aparecerán gotitas de sangre, cosa bastante frecuente… Si quieres, te hago una demostración.
No sé cómo conseguí salir de la consulta de aquel émulo de House. Memorial lo flipa.
-Hay qué ver los médicos que te tocan…
A la de esta mañana, al menos, le dio por el lado frívolo del asunto.
-¿Cómo te hiciste eso bajando de la moto…? Porque está por el otro lado…
-Me tiré el hervidor del agua.
La médico reacciona con una consecuente cara de limón.
-Al menos, tiene una forma bonita.
La miro estupefacta. Yo no soy nadie para contradecirla, lo sé, pero la última vez que me dio por mirar mi propio tobillo, me entraron náuseas.
-Y además –continúa- ya, de por vida, te ahorrarás una tira de cera depilatoria.
Siempre me ha fascinado el poder que tiene la belleza.
Más allá de frivolidades, de modelos e imitaciones, lo bello ejerce sobre el ser humano una influencia abrumadora. No en vano el concepto de lo bello va asociado a lo terrible: algo o alguien hermoso nos paraliza. Nos hipnotiza. La belleza es el más infalible canto de sirena.
Los bellos son los otros, son los dioses, son minoría. La aberración.
Precisamente por eso, resulta tan letal el binomio belleza y maldad: la belleza nos desnuda, nos hace vulnerables, y por ello puede llevar a cabo con mayor éxito su labor destructiva.
La chica polémica de está edición de OT -a la que me enganché, como tantos, por los puntos ácidos y la cara sonrisa del Risto-, tiene ese tipo de belleza. Una belleza que pasma, no típica, alejada de las chicas de portada a lo CopaCabana. No sólo es introvertida –mala cosa, en un concurso como este-, con una voz ‘diferente’ –no tiene el torrente vocal de muchos de sus compañeros- sino que obtuvo, además, el apoyo del Hombre Más Airado de Tele5. Su estética, para colmo, la hace abrumadoramente guapa estando en las antípodas de lo establecido -¡Dios! ¡Una tipa que tiene ojos claros y se tiñe de negro el pelo! ¿Cómo puede vivir sin mechas?-.
Conclusión: no tardó apenas en convertirse en la renegada del grupo –cualquier recinto cerrado corre el riesgo de convertirse en La Ratonera en tiempo récord-. Así que, recapitulando, tenemos a una bella niña incomprendida, sola en mitad de un nido de víboras. Pocas cosas hay que apasionen más al público que un personaje a quien redimir.
Muchos hablan de la influencia radical del Hombre Airado en el proceso de Ascensión a los Cielos Azules que está viviendo la muchacha, pero yo creo que la niña ganará, o se quedará a las puertas, gracias a ese aura tan peculiar y a su condición de apestada y redimida. Y lo hará, con los hacedores del invento contrariados -representa, de alguna manera, lo apuesto a lo que ellos venden-; los profesores, desacreditados -no han sabido sacarle provecho- y el jurado, aborchornado -no comenzaron a aplaudirla hasta que estaba claro que podían sacar beneficios de aquella pobre pava-.
Y clingcling. Caja, que no cajonazo, a base de salvadores, redentores y enamorados pillados en el Envía-Gana. Cuando la única que gana, como todos sabemos, es la banca.